La sociedad de la solidez a la dispersión.
Transformación histórica de la sociedad y de la práctica política
Por Alejandro Ceniceros Martínez
La historia de las sociedades modernas debe leerse no sólo como una sucesión de acontecimientos, sino como una transformación profunda en las formas de organización, de conciencia y de acción colectiva. Con la perspectiva histórica para analizar cómo las condiciones materiales, culturales e ideológicas producen determinados tipos de sujetos políticos.
Haré una analogía con los estados físicos de la materia sólido, líquido y gaseoso, como herramienta pedagógica para comprender la evolución de la sociedad y del comportamiento de sus actores políticos a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Esperando que esto nos permita observar los grados de cohesión, dirección y proyecto histórico de cada etapa.
I. El estado sólido: cohesión, estructura y proyecto colectivo
(Sociedad y política de inicios del siglo XX hasta la década de los sesenta)
El estado sólido se caracteriza por tener forma y volumen propio, con moléculas fuertemente unidas y organizadas en una estructura estable. Trasladado al terreno social, este estado permite comprender a las generaciones nacidas desde inicios del siglo XX hasta aproximadamente la década de los sesenta.
Durante este periodo, la sociedad se organizó en torno a grandes estructuras colectivas: sindicatos, partidos de masas, organizaciones campesinas, estudiantiles y populares. La ideología era el eje ordenador de la práctica política. El sujeto social se concebía como parte de un todo histórico, no como un individuo aislado.
Desde la izquierda , este momento corresponde a la fase donde la conciencia de clase fundamenta los canales organizativos, basados en la disciplina colectiva como condición para la transformación social. Mientras el Estado construía su hegemonía mediante instituciones ideologizadoras, intelectuales orgánicos y un proyecto nacional de largo plazo.
Los políticos formados en este contexto eran, en general, cuadros orgánicos: su identidad estaba profundamente ligada a una causa, a una clase o a un proyecto histórico. La solidez de las estructuras permitía que las diferencias internas no disolvieran el movimiento, sino que se procesaran dentro de un marco común. El objetivo central era la construcción de un proyecto de nación.
II. El estado líquido: adaptabilidad, pragmatismo e individualización
(Sociedad y política desde la década de los setenta hasta fines del siglo XX)
El estado líquido conserva volumen, pero carece de forma propia: se adapta al recipiente que lo contiene. Esta característica resulta especialmente ilustrativa para comprender la transformación social y política, de los nacidos a partir de la década de los setenta.
En este periodo se inicia un desplazamiento del proyecto colectivo hacia el desarrollo individual. Las grandes narrativas ideológicas comienzan a erosionarse. El neoliberalismo, la reestructuración productiva y la crisis de los estados de bienestar debilitan las organizaciones tradicionales y fragmentan a los sujetos sociales.
Los políticos formados en este contexto tienden a comportarse como el líquido: se adaptan al partido, al discurso o a la coyuntura que los contiene. Se vuelven frecuentes los desplazamientos ideológicos: de la izquierda a la derecha, de la socialdemocracia al conservadurismo, del socialismo retórico a prácticas abiertamente autoritarias o incluso fascistas. La ideología deja de ser un compromiso histórico y se transforma en una etiqueta intercambiable.
Las clases dominantes mantienen el poder, pero sin un consenso profundo; mientras tanto, las fuerzas subalternas no logran articular un bloque histórico alternativo. El resultado es el caudillismo, liderazgos personalistas que sustituyen a los proyectos estructurados y que priorizan el acceso y permanencia en el poder por encima de la construcción colectiva.
III. El estado gaseoso: dispersión, hiperactividad y fugacidad
(Sociedad y política en el siglo XXI)
El estado gaseoso se caracteriza por un alto grado de movimiento, moléculas muy separadas, sin forma ni volumen definidos, con interacciones aleatorias. Esta imagen resulta especialmente adecuada para describir la sociedad y la política del siglo XXI.
Nos encontramos ante una época de hiperindividualización. Los sujetos están conectados, pero no cohesionados; informados, pero no organizados. La crítica es constante, la indignación abundante, pero carece de dirección estratégica. Cada individuo actúa desde su propia trinchera, sin una mediación orgánica que articule voluntades dispersas.
Los movimientos sociales contemporáneos suelen ser estruendosos y espectaculares, amplificados por las redes digitales, pero carecen de continuidad. Como señala el saber popular, funcionan como una “llamarada de petate”: se encienden con fuerza y se extinguen con la misma rapidez, sin dejar estructuras, cuadros ni procesos acumulativos.
Esta etapa muestra la dificultad de reconstruir la conciencia colectiva y da pie a un capitalismo avanzado que fragmenta, precariza y mercantiliza todo, podría hablarse de una ausencia de organización capaz de transformar la espontaneidad en fuerza revolucionaria.
Conclusión
La analogía entre los estados físicos de la materia y la evolución histórica de la sociedad y la política permite comprender un proceso de desestructuración progresiva: de la solidez organizativa del siglo XX temprano, a la fluidez pragmática de finales del siglo pasado, hasta la dispersión gaseosa del presente.
Nuestro desafío consiste en revertir la condición gaseosa actual , para reconstruir formas de organización capaces de combinar cohesión ideología, creatividad, estructura y participación. Para que transforme la energía dispersa de las masas en fuerza histórica.
Sólo así será posible pasar de la volatilidad actual a una nueva forma de solidez social, orientada hacia la construcción de un proyecto nacional-popular de largo aliento.