LA APOROFOBIA COMO POLÍTICA DE ESTADO: TRUMP Y EL MIEDO AL POBRE

La aporofobia como política de Estado: Trump y el miedo al pobre
Por Alejandro Ceniceros Martínez.

Donald Trump ha sido descrito hasta el cansancio como xenófobo o racista. Sin embargo, esas categorías, aunque cómodas, resultan insuficientes para explicar con rigor la política migratoria que ha desplegado en esta segunda etapa de su mandato. Trump no combate la migración en abstracto. No persigue al migrante en general. Su objetivo es otro, mucho más preciso y estructural: el migrante pobre.

Lo que articula su política no es la xenofobia, sino la aporofobia, el rechazo sistemático al pobre.
Esta distinción no es menor. Trump no ha cerrado las puertas a los migrantes ricos, a los inversionistas, a los profesionistas altamente calificados. Ellos siguen cruzando fronteras sin mayor obstáculo. El problema, para Trump, no es la falta del pasaporte; es la pobreza. No es el origen nacional; es la condición de clase.

La migración pobre que hoy criminaliza el trumpismo no surge por azar. Es el resultado directo del funcionamiento del capitalismo. Las economías periféricas, subordinadas al gran capital transnacional, expulsan población a través del extractivismo, el despojo territorial, la destrucción de economías locales y la violencia estructural ejercida contra sus propios pueblos.

Estados Unidos no es víctima de la migración: es uno de los principales productores de las condiciones que la provocan.
Desde una lectura de izquierda , el migrante pobre cumple una función precisa: es parte del ejército industrial de reserva. Mano de obra barata, flexible y disciplinada, útil mientras permanece invisible, sin derechos y sin voz. El problema comienza cuando ese migrante deja de ser sombra, cuando se organiza, exige salario digno, seguridad social, reconocimiento político. En ese momento, deja de ser funcional y se convierte en amenaza.
Trump inicia esta segunda presidencia en medio de una crisis orgánica del capitalismo estadounidense: salarios estancados, desindustrialización, precarización del trabajo y una pérdida real de legitimidad del discurso liberal que durante décadas prometió movilidad social y bienestar. Incapaz de lograrlo a decidido no confrontar la contradicción real entre capital y trabajo, el trumpismo opta por crear una contradicción falsa pero políticamente rentable: trabajador nacional versus migrante.
El muro fronterizo no es, como se repite acríticamente, una obra de infraestructura destinada a detener cuerpos. Es una tecnología política del miedo. El muro no se construye para frenar la migración —que históricamente siempre encuentra rutas—, sino para ordenar conciencias, producir cohesión autoritaria y canalizar el descontento social hacia un enemigo conveniente. El muro no separa países; separa pobres de pobres, mientras el capital circula libremente por encima de él.
Reducir a Trump a un personaje excéntrico, a un líder “anómalo” o a un simple racista, es un error analítico y político. Trump no es una aberración del sistema: es un síntoma. Su discurso y su éxito electoral son posibles porque existen condiciones materiales que los hacen viables: desigualdad extrema, frustración social, pérdida de horizontes colectivos y un capitalismo que ya no puede ofrecer integración, sólo exclusión administrada.
Por eso la pregunta de fondo no es si Trump es el problema. La pregunta incómoda —y necesaria— es otra:
¿no son, en realidad, las condiciones estructurales del capitalismo contemporáneo las que han hecho políticamente rentables liderazgos como el suyo?
Mientras esa pregunta no se enfrente con honestidad, el muro seguirá creciendo. No tanto en la frontera, sino en la conciencia social.

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