En Tampico Alto, la calma como política pública: entre la tradición y el abigeato

“Mi nombre es Carlos Arévalo Segura, soy el primer comandante aquí del municipio de Tampico Alto, Veracruz”, se presenta el jefe policial al inicio de una entrevista en la que traza el retrato de una localidad pequeña, rural y aferrada a sus costumbres.

Por Agustin Peña Cruz

Tampico Alto, Ver.- En un país donde la conversación pública suele girar en torno a cifras de violencia y despliegues de fuerza, hay municipios que sostienen otra narrativa: la de la cotidianidad apacible, la cohesión social y una policía más dedicada a la mediación que a la persecución del crimen organizado. Tampico Alto, al norte de Veracruz, es uno de ellos.
“Mi nombre es Carlos Arévalo Segura, soy el primer comandante aquí del municipio de Tampico Alto, Veracruz”, se presenta el jefe policial al inicio de una entrevista en la que traza el retrato de una localidad pequeña, rural y aferrada a sus costumbres.
La descripción que ofrece no responde al imaginario de ciudades marcadas por la vida nocturna intensa ni por la conflictividad urbana. Por el contrario, el comandante subraya que “la vida nocturna aquí en Tampico Alto pues es muy tranquila… somos una localidad de costumbres, pequeña, hay pocos más de 15 mil habitantes, entonces pues aquí todos somos conocidos”.
Esa cercanía social —todos se identifican, todos se reconocen— opera como un mecanismo informal de control social. En términos prácticos, la ausencia de centros nocturnos también reduce escenarios de riesgo. “Tampoco tenemos lugares nocturnos a los cuales puedan atraer gente de otros lados… y generar alteraciones al orden público”, explica Arévalo Segura. “Es un municipio de costumbres”.

EL ABIGEATO: EL DELITO COMÚN
Sin embargo, la tranquilidad no equivale a ausencia absoluta de ilícitos. En una región donde la economía depende de la ganadería, la agricultura y la pesca, el principal desafío es tan antiguo como el campo mismo: el robo de ganado.
“El delito… que se puede dar más… es el abigeato”, señala el comandante. Y ofrece una razón estructural: “Somos una comunidad que se encarga de la ganadería, asimismo la agricultura y la pesca. Pero sí hemos tenido casos en la cuestión de la ganadería que personas se aprovechan las distancias o los ranchos muy alejados”.
El fenómeno, extendido históricamente en zonas rurales del país, encuentra terreno fértil en la dispersión geográfica y en la limitada vigilancia permanente en predios apartados. No se trata de criminalidad urbana organizada, sino de aprovechamiento oportunista en territorios donde la extensión supera a la presencia policial.
Aun así, la narrativa institucional no proyecta un escenario de crisis, sino de contención.

FALTAS ADMINISTRATIVAS, NO DELITOS GRAVES
La mayor parte del trabajo policial cotidiano, según Arévalo Segura, no se relaciona con delitos de alto impacto, sino con conductas que encuadran en el bando de policía y buen gobierno.
“La mayor parte de las infracciones son alteraciones del orden público”, precisa. Y detalla que suelen involucrar a personas que, “bajo el influjo del alcohol, andan haciendo cosas indebidas… a veces sus necesidades fisiológicas en la vía pública, o quedarse tirados, o alterando el orden con su música”.
Desde la perspectiva jurídica, el comandante es enfático: “En sí no son delitos, son faltas administrativas”. Las sanciones, por tanto, se traducen en arrestos temporales y medidas correctivas, no en procesos penales. “Todo esto está marcado en el bando de policía y gobierno en lo cual hacemos valer”, sostiene.
En esa distinción —entre delito y falta administrativa— se juega buena parte de la gobernabilidad local. Mientras otras demarcaciones enfrentan investigaciones complejas, operativos interestatales y procesos judiciales de largo plazo, Tampico Alto concentra su esfuerzo en preservar el orden comunitario inmediato.

SEGURIDAD DESDE LA PROXIMIDAD
En Tampico Alto, se implementa un modelo de seguridad anclado en la proximidad y en la regulación de la convivencia más que en la confrontación. La ausencia de centros nocturnos, la identidad compartida y la economía primaria configuran un entorno donde el principal reto es proteger el patrimonio rural y gestionar conductas derivadas del consumo de alcohol.
En un país atravesado por contrastes, Tampico Alto representa una excepción estadística y sociológica: un municipio donde la noche transcurre sin sobresaltos y donde el comandante puede afirmar que los conflictos más frecuentes no ameritan carpeta de investigación, sino aplicación del reglamento municipal.
No obstante, la pregunta de fondo, es sistémica: ¿puede este equilibrio sostenerse frente a las dinámicas regionales de inseguridad? Por ahora, según su jefe policial, la respuesta está en la comunidad misma, en sus costumbres y en una vigilancia que se ejerce más desde el conocimiento mutuo que desde la coerción permanente.

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