Legislar no es someterse: la reserva del PT y la dignidad del Parlamento
Por Alejandro Ceniceros Martínez
En tiempos donde la simplificación mediática pretende reducir la política a lealtades ciegas o a rupturas espectaculares, conviene recordar una verdad elemental: legislar no es obedecer, es deliberar. Y eso fue precisamente lo que ocurrió en la reciente sesión del Senado de la República, donde el Partido del Trabajo demostró, con hechos y no con consignas, que la responsabilidad parlamentaria está por encima de la narrativa fácil.
A partir del discurso pronunciado por el senador Alberto Anaya Gutiérrez y de la reserva presentada por la senadora Lizbeth Sánchez García, se ha querido instalar —de manera equivocada— la idea de que el PT votó en contra de la iniciativa impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Nada más alejado de la realidad.
El Partido del Trabajo no votó en contra. Ejerció, sí, una facultad constitucional: presentar una reserva y proponer una modificación al dictamen, específicamente en lo relativo al artículo 35. ¿El resultado? Lejos de generar confrontación, la propuesta fue aceptada por la mayoría del pleno, lo que evidencia no sólo su pertinencia, sino su capacidad de construir consensos en un órgano colegiado.
En una democracia, los legisladores no están para levantar la mano sin cuestionar, sino para mejorar, precisar y adecuar las iniciativas a la realidad concreta del país. Esa es la esencia del Poder Legislativo: ser espacio de reflexión, ser instrumento de perfeccionamiento de las políticas públicas, crear consensos.
El propio planteamiento del senador Alberto Anaya fue claro en ese sentido: acompañar el proyecto de transformación, pero sin renunciar al derecho —y al deber— de enriquecerlo. No hay contradicción en ello; hay, una profunda coherencia política. Porque apoyar no significa solo aplaudir, sino contribuir a que las decisiones sean más sólidas, más justas y más viables.
La reserva impulsada por la senadora Lizbeth Sánchez no fue un acto de rebeldía, sino de responsabilidad legislativa. Su aprobación por amplia mayoría confirma que el argumento no sólo era válido, sino necesario. Y esto debe decirse con claridad: cuando una propuesta es asumida por el pleno, deja de ser de un partido y se convierte en una decisión colectiva del Senado.
Frente a quienes buscan leer rupturas o supuestas deslealtades, lo ocurrido muestra exactamente lo contrario: madurez política, capacidad de diálogo y construcción de acuerdos. No hubo insultos, no hubo descalificaciones, no hubo estridencia. Hubo debate, hubo argumentos y hubo consenso.
En un momento histórico donde el país exige UNIDAD NACIONAL, reformas profundas, el reto no es imponer, sino convencer. No es dividir, sino sumar voluntades, por eso se hizo el llamado a la construcción del Frente de Defensa de la Soberanía Nacional. El ejercicio realizado por el Partido del Trabajo en el Senado marca un camino: el de una política que no se subordina, pero tampoco confronta; que no renuncia a sus convicciones y entiende la importancia del acuerdo.
Porque, la transformación no se construye con unanimidades forzadas, sino con consensos inteligentes.







