MAGNIFICA HUMANITAS

MAGNIFICA HUMANITAS

 

Por: Eusebio Ruiz Ruiz.

 Leí la primera encíclica de León XIV, quise enterarme de la visión del Papa sobre la inteligencia artificial y compartirla con el lector.

 

El título del documento es “Magnifica humanitas” (Magnífica humanidad), lo de “magnífica”, ya suena bien.

 

En la encíclica, León XIV trata sobre el uso responsable y los riesgos de la digitalización, la robótica y la inteligencia artificial.

 

La Encíclica Magnifica humanitas fue firmada por León XIV el 15 de mayo de 2026, se promulgó el 25 de mayo, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano dirigió la ceremonia de presentación y publicación.

 

La encíclica cuenta con 245 párrafos, numerados y distribuidos en la introducción (1 al 16); los cinco capítulos: I. Un pensamiento dinámico fiel al evangelio (17 al 45), II. Fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia (46 al  89), III. Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA (90 al 130), IV. Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad (131 al 181),  V. La cultura del poder y la civilización del amor (182 al 228); y la conclusión (229 al 245).

 

“El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica”, afirma León XIV en el número 129 de la encíclica.

 

El documento no es pesimista, invita a no rechazar ni idolatrar la tecnología, en particular a la inteligencia artificial; las innovaciones tecnológicas deben ser aceptadas e integradas en un proyecto de humanidad, donde el bien común, la justicia social, la solidaridad y la participación  sostengan el uso de esas herramientas, convirtiéndolas en aliadas para construir sociedades más justas.

 

La encíclica busca favorecer a la humanidad, transformando el impacto de la tecnología en una “civilización del amor”.

 

León XIV recurre a dos textos bíblicos a lo largo del documento: La construcción de la Torre de Babel (Génesis 11, 1-9) y la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén (Nehemías 2-7).

 

Babel representa la indiferencia ante Dios, se construye la torre sin Él; se busca estabilidad y poder, inmortalizarse, eliminar la diversidad, homogeneizar el pensamiento; es orgullo, autosuficiencia, absolutización, idolatría al lucro, comunicación rota, confusión, incomprensión, división,  dispersión; se sacrifica la dignidad de la persona, en aras de la eficiencia; es desplazamiento, deshumanización, al final el abandono de la colosal obra, el fracaso.

 

La reconstrucción de Jerusalén, encabezada por el profeta Jeremías, es la obra bajo la luz de Dios y orientada a Él,  se toma en cuenta a las personas, se da la escucha, el diálogo, la coordinación de esfuerzos, la responsabilidad  compartida, los   obstáculos son superados y las condiciones de vida mejoran; es la práctica de la comunión, armonía, solidaridad, justicia y fraternidad; reconstruir la ciudad es humanización y progreso.

 

La tecnología no es mala ni neutral, toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (M.H. 9), por tanto, debe evitarse el “síndrome de Babel” y optar por la “reconstrucción de Jerusalén”.

 

En el primer capítulo, el pontífice recorre algunas etapas decisivas del Magisterio Social, hace mención de las aportaciones a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) desde León XIII hasta Francisco, resaltando lo que, a pesar del tiempo transcurrido, permanece vigente e ilumina los “nuevos asuntos” de nuestra época.

 

La Iglesia —que no es ajena ni indiferente a las realidades terrenas— trata estos asuntos con la triple intención de orientar, responder a los desafíos actuales  y mantener el diálogo entre la fe y la ciencia.

 

El segundo capítulo se estructura a partir de los fundamentos y principios de la DSI, éstos sirven como criterios para discernir el uso correcto de la tecnología digital, particularmente de la IA.

El ser humano, imagen y semejanza del Dios amor y trinitario,  la dignidad de todo ser humano y el altísimo valor de los derechos humanos; el bien común, el destino universal de los bienes,  la subsidiariedadla solidaridad  y la justicia social (M.H. 47-81), son los cimientos y valores posibilitadores para que el poder tecnológico favorezca a la humanidad.

En el tercer capítulo, León XIV cuestiona: ¿Qué mundo estamos construyendo con la tecnología?, ¿Babel o Jerusalén?; ¿hace la IA la vida del hombre más humana?, ¿la hace más digna del hombre?

Si la respuesta es Jerusalén y un “sí”, entonces la tecnología es una buena posibilidad para ser usada con responsabilidad, sino es así, estamos ante una construcción grandiosa pero inhumana.

El poder y la eficacia de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología son importantes en el desarrollo humano integral, su ayuda permite construir una sociedad más humana y solidaria, sin embargo, está el riesgo de la deshumanización ante las nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones, desigualdades, falsas sensaciones de relaciones humanas y el debilitamiento de la creatividad y el juicio crítico.

León XIV rechaza el transhumanismo y posthumanismo por constituir el trasfondo ideológico de algunos centros de poder tecnológico. La primera corriente imagina una humanidad potenciada por medio de tecnologías,  la segunda plantea una forma de hibridación entre el ser humano y la máquina. En ambas habría “sacrificios necesarios” en nombre del progreso, los seres humanos más vulnerables serían desechados por la “optimización de la especie”.

El verdadero “más que humano” —dice el Papa— no está encerrado en su propia naturaleza, es llamado a la trascendencia, a la plenitud, a la realización en el amor; esto se da si se permite que Dios nos “lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero” (M.H. 128).

En el capítulo cuarto, León XIV aborda los asuntos de la verdad, la dignidad del trabajo y la libertad humana.

 

En cuanto a la verdad, advierte sobre los peligros de la desinformación, las opiniones tendenciosas, la manipulación, el engaño, la dificultad para distinguir lo verdadero de lo falso, el debilitamiento de la confianza social y las nuevas formas de totalitarismo.

 

Las plataformas digitales y la IA  deben favorecer a la verdad, la democracia, el respeto a la dignidad, el debate, la participación y el diálogo.

 

En la encíclica se defiende la dignidad y el valor del trabajo, esto frente a la automatización y la visión reduccionista de creer que solamente se trabaja por un salario, sin tomar en cuenta otros factores.

 

Incluso con el uso de la tecnología, que libera de trabajos pesados, la norma general es la protección de los puestos y el respeto a la dignidad y vocación del trabajador; debe evitarse que la máquina sustituya a la persona y que el trabajo pierda su valor humano y relacional.

 

Sobre la libertad se denuncian las nuevas esclavitudes y dependencias: adicciones digitales, explotación de las fragilidades humanas en aras del negocio, control social mediante la recolección masiva de datos, personas cosificadas al servicio de intereses de las élites o de las redes criminales.

 

La tecnología debe ser un horizonte de sabiduría, oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad, en función de la dignidad inviolable de cada hombre y mujer.

 

En el quinto capítulo, León XIV reflexiona sobre la guerra y el poder,  frente a esto propone la civilización del amor.

 

Si la tecnología  se separa de la ética y la responsabilidad, se hace más rápida e impersonal la decisión sobre la vida y la muerte, y a la guerra se le añaden los ataques cibernéticos y la información manipulada.

Necesario es recuperar la civilización del amor que traduzca la caridad en estructuras de justicia, se dé un cuerpo institucional a la fraternidad y se considere al otro como un aliado en la construcción del bien común.

La IA no puede ser un instrumento de guerra ni de poder, debe utilizarse para promover la paz, proteger a civiles, cooperar, promover el bien común, edificar a la familia humana, cuidarse recíprocamente y ser motivo de encuentros reales.

El Papa propone caminos concretos para construir la paz: desarmar las palabras, es decir, quitarles lo bélico y agresivo; promover la justicia, porque de ella nace la paz; escuchar a las víctimas y reconocer su dignidad; ejercitar y fortalecer el diálogo entre personas y pueblos, construir la fraternidad; privilegiar la negociación, la diplomacia y la cooperación entre los países. Estas vías se nutren con la virtud de la esperanza activa y la práctica de la oración, porque la auténtica paz viene de Dios.

En la conclusión, el Papa manifiesta el deseo de entregar un itinerario de vida cristiana con el cual vivir el Evangelio en el tiempo de la IA, este caminar es guiado por la fe y estructurado en la Encarnación del Hijo de Dios, la Eucaristía y la oración.

 

En el Verbo encarnado, el Papa invita a ver una magnífica humanidad que ilumina la época de la IA, el hombre no debe condenar el progreso tecnológico ni resignarse ante su mal uso, sino colaborar en la obra de la creación y utilizar los avances tecnológicos con fe, ética y responsabilidad.

La espiritualidad eucarística permite vivir unidos a Dios y a los demás, unidad que lleva a la solidaridad y fraternidad, mueve a la justicia y al compartir; evitando exclusión,  individualismo, aislamiento, egoísmo y dependencia.

 

La espiritualidad del “arquitecto sabio” se fundamenta en la relación con Dios, se compromete a construir el bien en el mundo, asume un papel activo, no se refugia en el espiritualismo, ama y es fiel a la verdad, se prepara para vivir en el mundo digital de manera más humana, cuida las relaciones interpersonales, ama la justicia y la paz, crece en equidad, participación y cuidado de la creación.

El documento cierra haciendo referencia al Magníficat (Lc 1,46-55), cántico que hace a un lado la lógica del poder y reconoce la virtud de la humildad, se presenta a la oración como la que sostiene nuestra acción en el mundo. “El tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas” (M.H. 245).

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